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ALGUNOS ABUSOS EN PSIQUIATRIA

En el momento en que denominamos a una persona "paciente" estamos relegándola a víctima de una enfermedad, situándola fuera de su control y, por tanto, no responsable del curso y evolución de su problema. En el caso de las mal llamadas "enfermedades mentales", la causa de las mismas sería el deficiente funcionamiento del cerebro, problemas en su estructura o secreción de neurotransmisores o bien de tipo genético, aspecto, este último, que no llega a demostrarse tras investigaciones más rigurosas y objetivas que las propias financiadas por las industrias farmacéuticas. Evidentemente, no estamos hablando de los trastornos neurodegenerativos o los consecuentes a una malformación o traumatismo craneoencefálico que afecte las funciones cerebrales.

Lejos de evitar que sea un estigma, pues señalan que la causa de lo que ocurre es una enfermedad que controla su evolución y justifica la conducta o pensamientos disfuncionales de la persona, el diagnóstico psiquiátrico, en base a un manual varias veces modificado e inoperante, etiqueta y estigmatiza a esas personas como "diferentes", considerando que sus problemas son la consecuencia de una serie de disfunciones o discapacidades que quedan fuera de su control. Así pues, las personas consideradas como enfermas mentales son discriminadas y tratadas con más dureza, al mismo tiempo que consideradas como débiles, imprevisibles y poco fiables, y las convierte en sujetos pasivos ante su problema, al entender que su supuesta enfermedad es la que le impide afrontar las distintas circunstancias de su vida.

Hay quien utiliza la expresión: "se suele escuchar más al fármaco que a la persona", intentando buscar el diagnóstico con el fin de prescribir la medicación que se adecúe a él, en lugar de intentar comprender lo que le ocurre y ayudarle a afrontar y superar sus dificultades o problemas.

Los psicofármacos se prescriben "muy alegremente", incluso por facultativos de atención primaria, por tener la característica de ser sintomáticos, esto es, paliar los síntomas asociados a los problemas psicológicos con bastante celeridad por lo que su efecto, casi inmediato, actúa de reforzador negativo, eliminando el malestar y, por tanto, haciéndose "necesarios" y, en algunos casos, imprescindibles, produciéndose, así, una cronicidad que paradójicamente pretendía evitarse con su prescripción por breve espacio de tiempo. Este último aspecto, también relacionado con el efecto placebo, es el que procedo a explicar a continuación. Un reforzador es todo aquello que, contingentemente aplicado a una conducta, aumenta sus parámetros: frecuencia, intensidad y/o duración. Existen dos tipos de reforzadores, positivos y negativos. Los primeros son gratificaciones o reconocimientos que, tras la emisión de la conducta probabilizan el aumento de la misma, mientras que los negativos lo hacen al aliviar el malestar que experimenta la persona. Es por esta razón que los psicofármacos, además de por su efecto mitigador del malestar, se hacen indispensables por ese reforzamiento al generar un miedo secundario al sufrimiento, esto es, "si no me tomo la pastilla no duermo", "llevo siempre la pastilla encima porque y si me da..."

Por este motivo, hemos de ser críticos al considerar que sus efectos son provisionales y artificiales y no ayudan a resolver el problema al no ofrecer recursos y alternativas para abordarlos. La defensa de los psicofármacos, como no podría ser de otra manera, parte de la industria farmacológica que financia los estudios encaminados a detectar qué tipo de neurotransmisores, hormonas u otras sustancias, por defecto o exceso, son las causantes de los trastornos psicológicos y desechando los resultados que no apuntan en este sentido. De esta manera se llega a una circularidad, donde se parte de una hipótesis, donde la bioquímica es la determinante de la supuesta enfermedad mental, para que su investigación la confirme.
Se han realizado muchos estudios comparativos para determinar la eficacia de la terapia farmacológica, frente a la psicológica y los resultados concluyen que ésta última resulta más rentable, tanto económica, como temporalmente en la mayoría de los casos.

Respecto a la consideración de combinar ambas terápias, que podría pensarse como un punto intermedio y adecuado, no resultaría así en muchos casos, ya que algunas técnicas para afrontar determinadas experiencias como la exposición, experienciación o aceptación, se verían mediatizados por el impacto de la medicación, además del efecto reforzador del fármaco al que he aludido con anterioridad.

Allen Frances, psiquiatra americano, se ha unido a esta crítica con su libro "¿Somos todos enfermos mentales?. Manifiesto contra los abusos de la psiquiatría" de 2014, en el que denuncia la deriva hacia una sociedad adicta a las pastillas y la mercantilización de la enfermedad -"vende enfermedades psiquiátricas como la forma más eficaz de traficar con pildoras muy rentables"-, considerándolo un "grave problema de salud pública". Y admite que es difícil establecer las fronteras entre un trastorno psiquiátrico y las dificultades que pueden plantear ciertos problemas en nuestras vidas.

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